Equivocate rápido y equivócate barato
Estos días estoy trabajando bastante más de lo normal, y eso ya es decir.
Desde hace unas semanas estoy metido en una de esas etapas en las que parece que todo se mueve al mismo tiempo. No solo por la mudanza (que también) sino porque hay decisiones que tomar, cosas que cerrar, otras que todavía no sé muy bien cómo resolver y, sobre todo, un proyecto nuevo que me tiene bastante absorbido.
A todo esto también llevo unos días releyendo un libro que compré hace un montón de años: “El arte de empezar” de Guy Kawasaki.
Si no lo conoces, este señor fue uno de los grandes evangelistas de Apple en sus primeros años y lleva décadas escribiendo sobre emprendimiento, innovación y sobre todo, sobre ese momento tan extraño en el que una idea todavía no es un negocio pero empieza a querer convertirse en uno. El arte de empezar es ya casi un clásico dentro de ese mundo.
Recuerdo haberlo leído cuando lo compré y pensar que estaba bien. Sin más. Pero ahora que lo estoy leyendo (a cachos) otra vez me parece otro libro.
Supongo que los libros también cambian dependiendo de quién los lee, o mejor dicho, de en qué momento de su vida los lee. Hace diez años podía entender intelectualmente muchas de las cosas que explicaba, pero no tenía demasiadas situaciones reales donde colocarlas. Ahora hay párrafos que leo, cierro el libro un momento y pienso: “Ah, vale. Esto es exactamente que me está pasando.”
Porque además últimamente me estoy metiendo bastante de lleno en un mundo del que, sinceramente, sé muy poco: el SaaS.
A ver, el término SaaS, para quien no esté familiarizado con ello viene básicamente de “Software as a Service”, básicamente productos y servicios digitales que no instalas en el ordenador, si no que se accedes a través de Internet y la aplicación está en la nube.
Como eres un usuario de Internet, este tipo de aplicaciones te serán mucho más comunes, ya que convivimos con ellas a diario: el correo electrónico, las redes sociales o la ofimática online (Google Docs, Sheets, etc.) son algunos de los ejemplos que podemos encontrar de SaaS.
El caso es que es un mundo que siempre me ha llamado muchísimo la atención, pero en el que no tengo experiencia. Yo sé de restaurantes, atención al cliente, operación... pero de programar, arquitectura de software o montar una empresa tecnológica, bastante menos. Y precisamente por eso llevo unas semanas sintiéndome no solo emocionado, sino que otra vez un poco principiante.
La historia empezó hace unas semanas cuando Pol, un amigo, se acercó a mí con una idea.Para serte sincero, no era la primera vez que me sucedía.
A lo largo del último año varias personas me habían propuesto convertir parte de lo que hago en una aplicación: mis plantillas, algunas de mis herramientas, ciertos sistemas que utilizo, y sobre todo la manera en la que analizo la gestión de un restaurante.
La última vez, de hecho, fue esta misma semana.
Siempre me había parecido una idea interesante, pero hasta ahora nunca había terminado de verla clara. Porque una cosa es meter una plantilla dentro de una aplicación y otra bastante distinta es conseguir que esa aplicación aporte algo realmente nuevo: que entienda por qué utilizo esa herramienta, qué miraría yo primero, qué me llamaría la atención o qué pregunta haría después.
Al final, las herramientas se pueden copiar. Hoy en día cualquiera puede convertir una hoja, una plantilla o un proceso en una app utilizando soluciones que ni siquiera requieren saber programar.
Pero la manera de pensar que hay detrás es otra historia.
Y había otra cosa que me rondaba la cabeza desde que empecé a vender mis plantillas —que eran las mismas que yo utilizaba en mi trabajo—: sabía que algún día ese formato iba a tener un límite. Tarde o temprano iban a aparecer opciones mejores, más completas y más intuitivas para hacer muchas de las cosas que hoy puedes resolver con una plantilla.
No te diré que me preocupaba especialmente, porque no era algo que me quitara el sueño, pero sí era una idea a la que volvía de vez en cuando.
Supongo que también porque, cuando algo te funciona, es fácil acomodarte y pensar que va a seguir funcionando igual durante mucho tiempo.
Y casi nunca pasa.
Quizá por eso fui bastante cuidadoso con todas esas propuestas. Rechacé varias y en algunos casos preferí incluso no ver demostraciones que me ofrecieron de productos ajenos. No quería entrar demasiado en algo que después pudiera generar comparaciones raras, malentendidos o situaciones incómodas si algún día terminaba construyendo algo por mi cuenta.
Pero con Pol fue diferente.
Nos conocemos desde hace muchos años —íbamos juntos a la escuela— y él ya había montado una startup de éxito. Pero sobre todo había una confianza previa que hacía que la conversación no empezara desde cero.
Así que cuando me propuso hablar, acepté. Aunque fuera, pensé, para ponernos al día.
Y bueno, ya sabes cómo terminan a veces esas conversaciones. Quedas para hablar un rato y unas semanas después estás ya metido diseñando la experiencia de usuario de algo que hace bien poco solo era una idea remota. Y así apareció Alexia.
El viernes enseñé algo sobre ella en redes, pero si no lo viste, te resumo de qué trata.
Estamos construyendo una aplicación para ayudar a dueños de restaurantes a entender mejor qué está pasando en su negocio y, sobre todo, qué deberían hacer con toda la información que ya tienen.
Porque tener números no significa necesariamente entenderlos. Puedes saber cuánto vendiste, cuánto compraste, cuánto gastaste en personal y cuál fue tu coste de alimentos (seguro que lo sabes?) y aun así, seguir sin tener claro si hay algo que debería preocuparte, dónde se está escapando dinero o qué deberías revisar primero.
Ahí es donde queremos que entre Alexia.
Y hay una parte que me está costando. Porque uno de mis grandes defectos es querer hacer las cosas demasiado bien antes de enseñarlas.
Estos días me estoy enfrentando a ello constantemente. Ya estamos testeando el primer prototipo funcional de Alexia y si bien pienso que lo que tenemos delante ya es una auténtica pasada, cinco minutos después encuentro algo que podríamos hacer o una idea nueva que sería buenísima añadir.
Y entonces aparece esa voz en mi subconsciente que me dice que lo mejoremos más, que añadamos más cosas, y que esperemos un poco más antes de sacarlo.
El problema es que esa lista de mejoras no termina nunca.
Aquí es donde el libro de Kawasaki me está viniendo especialmente bien, porque una de las ideas que se repite muchísimo en el mundo startup, pero que aplica para lo que sea, es algo parecido a “equivócate rápido y equivócate barato”.
No porque equivocarse sea el objetivo, evidentemente, sino porque si estás construyendo algo nuevo vas a cometer errores de todas formas. La diferencia está en que lo descubras después de tres semanas o después de tres años y un montón de dinero y tiempo invertido.
Nosotros podemos pasarnos seis meses más discutiendo cuál creemos que debería ser la mejor manera de hacer algo, pero también podemos poner el producto allá afuera y descubrir en cinco minutos que el primer restaurante que lo use piensa completamente distinto a nosotros. Y probablemente tener esa conversación valga más que otras veinte reuniones entre nosotros y cientos de mejoras inútiles.
Por eso ahora mismo estamos intentando ser muy disciplinados con una idea que, para alguien como yo, no siempre es fácil de aplicar:
Alexia no tiene que estar terminada. Tiene que estar suficientemente bien como para que alguien pueda utilizarla de verdad.
Dicho esto, creo que es importante aclarar esta parte. “Producto mínimo viable” a veces suena a sacar cualquier cosa a medias y cruzar los dedos esperando que funcione. No es eso. Que Alexia no esté terminada no significa que no funcione. De hecho, hay cosas que hace ahora mismo que me parecen espectaculares y que hace unas semanas eran poco más que conversaciones entre Pol y yo.
Lo que significa es que no queremos pasar los próximos seis meses construyendo únicamente sobre lo que nosotros creemos que necesita un restaurante. Preferimos hacerlo sobre lo que los restaurantes nos digan que necesitan.
Porque si hay algo que he aprendido estos años trabajando con mis negocios y los de los demás es que la realidad tiene una habilidad maravillosa para destrozar planes que sobre el papel parecían perfectos.
Así que el siguiente paso que estamos planteando es empezar con un grupo muy pequeño de restaurantes fundadores.
Todavía estamos dándole forma, pero la idea es que sean los primeros restaurantes que utilicen Alexia de verdad y que tengan una comunicación mucho más directa con nosotros mientras seguimos construyendo. Nos interesa que nos digan qué les sirve, qué les falta, dónde se atascan y, probablemente lo más valioso, qué cosas estamos dando por obvias que para ellos no lo son en absoluto.
Y obviamente queremos que apostar por nosotros tan pronto tenga recompensa.
Esos primeros restaurantes no solo pagarían bastante menos que quienes entren después, sino que conservarían ese precio mientras sigan con nosotros, además de tener prioridad en algunas cosas nuevas y bastante más influencia de la habitual sobre hacia dónde llevamos y mejoramos el producto.
Me gusta mucho esa idea porque cambia bastante la relación. No sería simplemente “nosotros hacemos una aplicación y tú la compras”. Sería más parecido a construir las primeras versiones con un pequeño grupo de restaurantes sentado, metafóricamente hablando, al otro lado de la mesa.
Y creo que ahora mismo eso es exactamente lo que necesitamos. Menos tiempo intentando crear la versión perfecta del producto y más tiempo viendo cómo se comporta algo cuando sale de nuestras manos.
Quizá dentro de seis meses mire algunas de las decisiones que estamos tomando ahora y piense que eran una barbaridad. Espero que haya algunas, porque probablemente significará que hemos aprendido bastante por el camino.
Mientras tanto, me toca seguir peleándome con esa parte de mí que quiere arreglar una última cosa antes de enseñar lo que estamos haciendo y recordarme que construir algo nuevo no consiste en tener la solución definitiva desde el principio.
Estos días te iré contando como vamos por aquí.
Gran domingo.
— Alex
Comentarios