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Soy un explotador (parte 1)

21 ago
6 min de lectura

Te aviso desde ya: este correo es un poco más largo de lo habitual.


Pero creo que merece la pena contarte la historia completa, porque fue una de esas situaciones que me costó dinero, varios disgustos y, sobre todo, me cambió para siempre la forma de gestionar personas dentro de un negocio.


De hecho, para no mandarte hoy una biblia, voy a dividirla en dos partes. Hoy te cuento cómo empezó todo y el domingo te cuento cómo terminó… y dónde descubrí que había metido la pata de verdad.


Allá voy.


El otro día publiqué un reel contando que hace años un empleado me demandó y que, desde entonces, una de las cosas que más recomiendo a cualquier persona que tenga un negocio es que se tome bastante en serio la parte laboral.


Contratos, reglamentos, procedimientos, documentación… todas esas cosas bastante menos sexys que abrir un restaurante, diseñar un menú o pensar cómo vender más, pero que normalmente empiezan a interesarte muchísimo justo después de que tengas tu primer problema.


Como suele ocurrir cuando hablo de estos temas, aparecieron también algunos comentarios y mensajes llamándome explotador, mal empresario y alguna cosa bastante más agresiva que no merece la pena que os mencione aquí.


Y puedo entender parte de la reacción, porque empresarios hijos de p*ta existen y la hostelería no se ha ganado precisamente una reputación impecable en ese sentido. Pero también creo que hay una confusión bastante habitual entre intentar saltarte los derechos de alguien e intentar que tu negocio no esté completamente desprotegido cuando aparece un conflicto.


Así que hoy quería contarte una parte de aquella historia que no expliqué en el vídeo, porque quizá te ahorre tener que aprender la misma lección de la forma en la que la aprendí yo.


El empleado que terminó demandándome era nuestro jefe de cocina y, durante mucho tiempo, una de las personas de mayor confianza que teníamos en el negocio. No era alguien con quien lleváramos meses teniendo problemas, ni una persona a la que estuviéramos deseando despedir, ni mucho menos alguien con quien existiera una relación especialmente fría entre empresa y trabajador.


Más bien todo lo contrario.


Gestionar personas probablemente sea una de las partes más difíciles de tener un negocio y, de hecho, es uno de los temas que más tocamos dentro de Le damos una vuelta. Si tienes un restaurante y todavía no estás dentro, ahora puedes probarla durante 7 días sin compromiso y echarle un vistazo aquí.


Pero volviendo a la historia, con él la relación hasta ese momento había sido muy buena.Desde bastante antes de todo aquello ya habíamos sido muy flexibles con él. Siempre que se podía intentábamos cuadrarle vacaciones, cambios de horario o días fuera, incluso en fechas especialmente complicadas para nosotros, como Fin de Año. Nunca fue una persona a la que le estuviéramos poniendo trabas constantemente cuando necesitaba algo.


Pero durante el tiempo que trabajó con nosotros pasó además por una situación familiar especialmente jodida. Su padre sufrió una agresión muy grave que le dejó secuelas importantísimas y, como creo que habría hecho casi cualquiera en nuestra situación, intentamos darle todas las facilidades posibles para que pudiera estar con su familia cuando lo necesitara.


Se ausentó cuando tuvo que hacerlo, cambiamos horarios, le dimos permisos y, cuando organizó una venta de comida para recaudar dinero para su familia, también colaboramos. Incluso utilizamos algunos contactos que teníamos para intentar que la policía ayudara a encontrar a las personas que habían agredido a su padre.


No te cuento esto para decir que después nos debiera algo.


De hecho, creo que esa distinción es importante.


Ayudar a alguien que está pasando por una situación terrible no debería convertirse después en una especie de “pagaré emocional” que puedas cobrar cuando te convenga. No le estaba reclamando que devolviera ningún favor. Lo cuento simplemente para explicar que existía mucha confianza y que, hasta aquel momento, nuestra relación había sido bastante más cercana de lo que suele imaginarse cuando alguien escucha las palabras “empleado que me demandó”.


Durante ese tiempo, además, nuestro jefe de cocina empezó una relación sentimental con su segunda de cocina. Cuando empezaron a trabajar con nosotros no eran pareja, pero acabaron siéndolo dentro del restaurante y continuaron trabajando juntos.


Eso, visto con los años, fue otro error mío.


No porque crea que dos personas que trabajan juntas no puedan enamorarse, faltaría más, sino porque cuando ambos tienen responsabilidades dentro de una misma estructura, las fronteras entre la relación personal y la profesional pueden complicarse bastante más de lo que parece.

Y eso fue exactamente lo que terminó ocurriendo.


Un fin de semana teníamos un evento por la mañana y otro por la noche. Ellos normalmente trabajaban en el turno nocturno y eran precisamente las dos personas que lideraban la cocina durante ese servicio, así que les pedí que aquel día uno de los dos cubriera la mañana y el otro permaneciera por la noche.


Nada demasiado extraordinario.


El problema era que ese día tenían una graduación familiar y los dos querían asistir, así que organizaron por su cuenta una solución bastante sencilla: ambos trabajarían por la mañana y dejarían por la noche a un ayudante encargándose de la cocina.


Cuando vi el horario fui a hablar con ellos y les dije que no podía ser.


No me parecía razonable dejar uno de nuestros eventos únicamente en manos de un ayudante cuando precisamente teníamos dos personas responsables de liderar aquella cocina y, además, el horario habitual de nuestro jefe de cocina era el de la noche.


Entonces me contestó algo que todavía recuerdo perfectamente:


“Álex, lo siento, pero no se puede.”


En algún momento de la discusión incluso me dijo que fuera yo. Y podría parecer una solución evidente, salvo por un pequeño detalle: yo acababa de ser padre de mi primer hijo y, además, mi trabajo ya no era cubrir personalmente cada turno de cocina que quedara descubierto.


Precisamente para eso habíamos construido una estructura con responsables dentro del equipo.

Aquella frase me sorprendió bastante porque, desde mi punto de vista, yo no estaba intentando obligarle a trabajar un día libre, cancelar unas vacaciones que ya tuviera aprobadas o hacerle venir a una hora completamente distinta a la que le correspondía.


Le estaba pidiendo que trabajara en su horario.


Y aquí vuelvo a lo que decía antes, porque me parece importante: tampoco le estaba diciendo “después de todo lo que hemos hecho por ti, ahora me debes esto”. Una cosa no tenía absolutamente nada que ver con la otra. Simplemente era nuestro jefe de cocina y yo esperaba que asumiera una responsabilidad profesional que ya formaba parte de su puesto.


La conversación fue calentándose, su pareja terminó también entrando en la discusión y, en algún momento, acabó gritándome. Más tarde vino a pedirme disculpas llorando porque se le había cruzado el cable y pensé que, después de dormirlo todos un poco, la situación se resolvería al día siguiente.


Pero tampoco ocurrió.


El día después nuestro jefe de cocina volvió a decirme que no iba a trabajar aquel turno y entonces decidí hacer algunos cambios. Lo primero sería separar profesionalmente a la pareja para que dejaran de trabajar juntos y lo segundo sería retirarle determinadas responsabilidades de liderazgo que, desde mi punto de vista, ya no tenía sentido que mantuviera.


Entre esas responsabilidades existía también un bono adicional que yo le pagaba precisamente por ejercer ese papel dentro de la cocina.


Mi razonamiento en aquel momento era bastante sencillo: si una persona tiene un puesto de liderazgo, pero cuando aparece una situación incómoda decide unilateralmente que otra persona cubra su responsabilidad, quizá ya no debería seguir teniendo ese puesto.


Tres días después vino a preguntarme dónde tenía que firmar esos cambios.


Y entonces me dijo que su abogado le había recomendado no firmar absolutamente nada hasta que él lo revisara.


Ahí cambió completamente el tono de la historia.


Le dije que, si habíamos llegado a ese punto, probablemente lo mejor era dejar de discutir nosotros y hacer que hablaran los abogados.


Poco después llegó la demanda.


Curiosamente, yo estaba bastante tranquilo porque pensaba que tenía todas las de ganar. Al fin y al cabo, desde mi perspectiva, todo había empezado porque un empleado se había negado a acudir a trabajar en su propio horario.


Además, tenía contrato donde constaba que le pagaba absolutamente todo lo que le debía pagar y ofrecer según la ley.


Y estaba firmado.


¿Qué podía salir mal?


Bueno, pues el domingo te cuento qué salió mal.


Porque ahí fue cuando descubrí que tener un contrato firmado y estar protegido son dos cosas bastante diferentes.


— Alex

 
 
 

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