Soy un explotador (parte 2)
El domingo te dejé justo en el momento en el que pensé que, dentro de todo el lío en el que me había metido, al menos estaba bastante tranquilo.
Un empleado se había negado a venir a trabajar en su horario, yo tenía un contrato firmado y, desde mi punto de vista, la situación estaba bastante clara.
De hecho, el correo terminó con una pregunta:
¿Qué podía salir mal?
Pues bueno, bastantes cosas, aparentemente.
El contrato que utilizábamos era básicamente uno que yo había encontrado en Internet tiempo atrás. Se lo había mandado a mi contable preguntándole si aquello estaba bien, me había dicho que sí y, como ocurre tantas veces cuando estás empezando un negocio y tienes otras cuatrocientas cosas que solucionar, así que lo dimos por bueno.
Hasta que un día alguien tuvo que leerlo de verdad.
Resulta que aquel contrato hacía referencia, por ponerte un ejemplo, a un reglamento interno de trabajo que nosotros ni siquiera teníamos. Tampoco estaban bien definidos algunos procedimientos, determinadas responsabilidades del puesto, qué ocurría exactamente ante ciertos incumplimientos o cómo debían tratarse algunas compensaciones adicionales.
Yo pensaba que tenía un contrato.
Lo que descubrí es que simplemente tenía un documento firmado.
Y no es exactamente lo mismo.
Cuando tienes un negocio resulta bastante fácil pensar que la lógica debería ser suficiente. Si alguien tiene un horario y se niega a venir, parece evidente lo que ha ocurrido. Si una persona tiene unas responsabilidades y deja de asumirlas, parece lógico poder retirárselas.
Pero una cosa es lo que a ti te parezca lógico y otra bastante distinta es lo que puedas demostrar, cómo lo hayas documentado y qué procedimientos hayas seguido.
Además, en una relación laboral existe una desigualdad evidente entre las partes. El trabajador está subordinado a la empresa y, precisamente por eso, las leyes laborales tienden a exigir al empresario un nivel especialmente alto de responsabilidad a la hora de hacer las cosas correctamente.
Y nosotros no las habíamos hecho correctamente.
Al final terminamos negociando.
Durante unas semanas nuestro jefe de cocina continuó trabajando con nosotros mientras los abogados intentaban llegar a un acuerdo, lo cual puedes imaginar que convirtió aquellos servicios en una experiencia particularmente agradable para todos.
Finalmente pagamos una cantidad importante para cerrar el asunto y terminar la relación laboral.
Durante mucho tiempo podría haber contado esta historia simplemente diciendo que un empleado se negó a trabajar y después tuvo los huevos de demandarme.
Y técnicamente no sería mentira.
Pero tampoco sería la parte más útil de la historia.
Porque él tomó sus decisiones aquel fin de semana, pero yo había empezado a tomar las mías mucho antes. Las tomé cuando decidí que un contrato descargado de Internet era suficiente, cuando confié en que nunca tendríamos un conflicto serio, cuando dejé cosas importantes sin documentar y cuando pensé que tener una buena relación con alguien era una especie de sustituto de tener buenos procesos.
Después de aquello contraté a un abogado laboralista y empezamos a rehacer toda la parte laboral del negocio.
Contratos correctamente planteados, responsabilidades de cada puesto, reglamentos, procedimientos y documentación para que, si algún día ocurría otra vez algo parecido, no tuviéramos que empezar preguntándonos dónde estaba aquel famoso reglamento que aparecía mencionado en un papel que todos habíamos firmado.
Y hay algo que aprendí de aquello que intento explicar cada vez que alguien interpreta estas cosas como una guerra entre empresarios y empleados.
Protegerte de tus empleados no significa protegerte contra tus empleados.
Un buen contrato protege a las dos partes. Unas responsabilidades correctamente definidas protegen a las dos partes. Un procedimiento claro para gestionar un problema protege a las dos partes.
El trabajador sabe qué puede esperar de la empresa y la empresa sabe qué puede esperar del trabajador.
La alternativa es dejarlo todo en manos de la confianza, del sentido común y de esperar que nunca ocurra nada.
A mí me eso funcionó durante bastante tiempo.
Hasta que un día dejó de funcionar.
Y sí, cada vez que cuento algo de esto aparece alguien diciendo: “Tío, pero si eso es sentido común”.
Puede ser.
El problema es que el sentido común tiene una habilidad espectacular para aparecer justo después de que algo salga mal. Cuando ya te demandaron, cuando ya perdiste dinero y cuando ya sabes exactamente qué cláusula te faltaba en el contrato, todo parece bastante obvio.
Antes no tanto.
Por eso cuento estas cosas. No porque crea que he descubierto el hilo negro, sino porque quizá tú puedas aprender en diez minutos algo que a mí me costó bastante dinero y unos cuantos disgustos.
Y si para ti todo esto era evidente desde el principio, mejor. Significa que probablemente no tendrás que aprenderlo como lo aprendí yo.
Después de aquello contraté a un abogado laboralista y empezamos a rehacer toda la parte laboral del negocio.
Los contratos que empezamos a utilizar después de aquello son los que tengo disponibles aquí.
Gran domingo.
- Alex
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